domingo, 28 de febrero de 2010

James Cameron, Jean-Luc Godard, Ken Loach y Jaime Rosales

Últimamente no tengo por costumbre ir mucho al cine, y mucho menos pagar una entrada (llámese también impuesto contrarrevolucionario) para ver las superproducciones norteamericanas. Por citar algunos ejemplos, no he visto ninguna de "La Guerra de las Galaxias", tampoco "Titanic", "Matrix", "ET el Extraterrestre", "Parque Jurásico", y un largo etcétera de películas por las que no sentí en su momento ni siento ahora ningún interés por verlas (aplíquese aquí el verbo consumirlas). La última de este tipo de películas que se ha convertido en un fenómeno mundial es "Avatar", película que, por supuesto, no he visto ni tengo intención de hacerlo en un futuro próximo.

Pero reconozco que durante un tiempo, nada más estrenarse la película, tuve bastantes tentaciones de ir a ver Avatar. Había leído varias críticas donde se alababa el gran mensaje que transmitía, y que sí, que había mucho envoltorio de efectos especiales, pero que lo importante en "Avatar" era el mensaje, el gran mensaje. De primeras me pareció bastante extraño que para que el público recibiera un gran mensaje fuera preciso ponerse unas gafas 3D, pero aún con todo la tentación persistió más tiempo. 

También algunos de mis amigos y conocidos que la habían visto me hablaron de ese gran mensaje. Yo pensaba en ese gran mensaje. "Avatar", la película más taquillera de la historia del cine y producida a partir de un presupuesto abrumador, era portadora de un gran mensaje. La cosa me tenía intrigado. 

 
James Cameron en 2010: la seguridad de un gran mensajeador.

A los pocos días se publicó en los medios que Evo Morales, un hombre poco cinéfilo pero considerado revolucionario desde el punto de vista contrarrevolucionario, había dicho que "Avatar" era una película ecologista y anticapitalista. De nuevo aparecía el gran mensaje, pero esta vez en boca de todo un indígena presidente de Bolivia. Y también sobre esos días (segunda o tercera semana después del estreno), Leo Basi publicó una entrada en su blog donde llegó a escribir que "Avatar" es "el panfleto antiimperialista y antiamericano más caro de la historia", y donde se atrevió a llamar subtexto a ese gran mensaje. A falta de un solo empujón, aquella semana hubiera sido el momento perfecto para ir a ver "Avatar", pero la tentación se terminó esfumando: el empujón tuvo la dirección contraria.

El domingo de esa semana encontré en un rastro de cosas viejas un libro titulado "Godard polémico", un pequeño libro de 1969 en edición de bolsillo, escrito por Roman Gubern; y lo compré. En algunas partes del libro de habla de la importancia de la forma del film y de cómo Godard prioriza la forma de narrar su película sobre el contenido, trivial muchas veces sobre todo en el cine de Godard desde "El final de la escapada", de 1959, hasta 1969, fecha de la pubicación del libro de Gubern, y antes de su etapa cinematográfica militante.

Leyendo el libro me acordé de "Avatar" varias veces. Pensé que las reflexiones de Godard sobre la forma habían establecido en mi juicio, opinión y, sobre todo, en mi predisposición para ir a ver "Avatar", un juego dialéctico con el gran mensaje (llámese contenido) de la última película de James Cameron. Y me pregunté entonces varias cosas... ¿Merece la pena ir a ver una película solamente por su gran mensaje? ¿Caben en el mismo cuerpo ideológico una película formalmente correcta en estructura y narración y una película revolucionaria? ¿Puede una de las películas más caras de la historia del cine albergar un gran mensaje de cambio y revolución? En las respuestas a estas y otras preguntas, el Godard de 1969 fulminó al James Cameron de 2010. La tentación había cesado. 

 Jean-Luc Godard en 1969: la seguridad de un gran agitador.

Se me hizo obvia entonces la idea de que la ideología de toda película reside mucho más en su forma que en su contenido, y que la propaganda política es mucho más efectiva en el cómo que en el qué. Esta reflexión enseguida me condujo a Ken Loach, uno de los cineastas preferidos por los consumidores de cine de tendencias socialistas de voto y, seguramente, por algún comunista despistado. A Loach le gusta introducir en sus películas, digámoslo así para entendernos, temas sociales, con personajes que sufren las dificultades propias del mundo obrero y que viven en las periferias de las grandes ciudades en condiciones, muchas veces, penosas. Pero la forma de sus historias es estrictamente comercial en el sentido de que en todas se respeta una linealidad argumental, una estructura aristotélica y una dirección donde se hace uso y abuso de todos los recursos y convenciones de la narrativa fílmica que se empezaron a usar en el cine desde la segunda década del siglo XX, con Griffith y compañía.

Si jugamos a la retórica revolucionaria, Loach, solamente por el hecho de escribir personajes e historias obreras no está fabricando un producto revolucionario, sino que más bien termina hilvanando historias según la forma en la que les gusta consumirlas a las clases favorecidas desde hace un siglo; es decir, Ken Loach, igual que James Cameron, satisface los gustos fílmico-culinarios de la burguesía.


Ken Loach cogido en una metáfora de su cine: 
el puño socialista en alto con uniforme burgués.

Un caso opuesto a Ken Loach en cuanto a la forma fílmica (y que no es Jean-Luc Godard) es Jaime Rosales. Rosales sí que es un director que integra la forma de contar sus películas en un todo forma-contenido donde todos esos recursos juntos logran conformar un mensaje determinado. La pantalla partida en dos para retratar dos soledades en "La soledad" o la elección de filmar casi toda su película "Tiro bat buruan" con teleobjetivos y con una sola línea de diálogo, son dos ejemplos de cómo la forma puede acabar integrándose en el producto cinematográfico, participando de la misma esencia del mensaje y de su ideología. Ahora bien, con Jaime Rosales también surgen muchas dudas... ¿Qué tipo de público asiste a sus películas y a qué tipo de público termina entusiasmando este tipo de propuestas? ¿Hasta qué punto estas decisiones formales que logran un producto menos convencional son revolucionarias? ¿Qué habían bebido los de la Academia de Cine español cuando decidieron dar los Goya a mejor película a "La soledad" y al mejor director a Jaime Rosales en 2008? 

Dicho esto, tampoco creo que podamos identificar a Jaime Rosales como un director revolucionario, por mucho que manipule y priorice la forma, porque al día de hoy Rosales es carne de un público de clara sensibilidad gafipastil y postmoderna, que valora el cambio y la novedad de sus propuetas formales solamente por lo que se cree que acarrea de transgresión. 

El cine de Rosales, dicho otra vez en términos revolucionarios, no transforma nada. Y esta es precisamente la acusación que contra Jean-Luc Godard arrojaron muchos de los que se autodenominaban revolucionarios en la epoca posterior al mayo del 68 (leído en "El cine militante", de Andrés Linares, 1976), porque el cine transgresor de Godard, decían, era una muestra más de la lógica cambiante del capitalismo, y sus películas, por extrañas y difíciles de asimilar para el mundo obrero, conseguían satisfacer solamente a los hijos raros de las familias ricas y medias de las ciudades.

 
Jaime Rosales, cogido en una metáfora de su cine:
tranquilamente sentado en una silla roja de diseño.

Entonces..., me sigo preguntando si el cine, cuyo nacimiento y posterior desarrollo ha sido eminentemente burgués, está capacitado para que desde dentro se puedan fabricar productos revolucionarios. Si la respuesta fuera no aquí el James Cameron de 2010 si ganaría al Jean-Luc Godard de 1969. 

No obstante, seguiré viendo y alimentándome de las películas de Jaime Rosales y, sobre todo, de las de Jean-Luc Godard, mucho antes que de las de James Cameron y Ken Loach. Porque si bien el contenido puede no estar regido por normas y reglas, la forma sí lo está, y de manera muy rígida e impuesta desde la lógica comercial de las grandes empresas del sector cinematográfico, y todo ejercicio de violación de normas y reglas me pone dura el alma, aunque dicha violación termine por no transformar nada.

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